Los proyectos comunitarios que buscan transformar la sociedad a través de la comunicación se enfrentan a las mismas luchas de poder y dinero que los medios tradicionales.
Para que estas iniciativas tengan un impacto real y duren en el tiempo, necesitan una gestión técnica y profesional que conozca las reglas del juego legal y tecnológico.
En las siguientes líneas presento un análisis académico que conecta la teoría y la práctica para examinar a fondo esta realidad.
1. La verdadera cara de la comunicación social
Para analizar este asunto, tomaremos como punto de partida el artículo académico titulado «Sociología política de la “Comunicación para el Cambio Social”: pistas para un cambio de enfoque», escrito por Benjamin Ferron, investigador de la Universidad Paris-Est-Créteil, y Erica Guevara, docente e investigadora en la Universidad Paris 8.
Para Ferron y Guevara (2017), el estudio de la Comunicación para el Cambio Social (CCS) exige una transición desde enfoques normativos y militantes —basados en ideales éticos sobre cómo «debería ser» la comunicación— hacia una sociología política reflexiva. La tesis central postula que la CCS es un campo de producción cultural (Bourdieu, 1983/2012) donde diversos actores compiten por legitimidad y «capital simbólico» (prestigio y autoridad discursiva).
El texto articula su crítica sobre tres pilares: denuncia la «ceguera científica» del investigador que adopta acríticamente categorías activistas; identifica la brecha entre las intenciones declaradas de los medios y sus efectos políticos reales; y propone analizar las jerarquías y dependencias materiales que condicionan la autonomía de estos proyectos. En definitiva, los autores exigen tratar la comunicación como un objeto de estudio científico, distanciándose de la idealización ideológica para revelar sus contradicciones internas y relaciones de poder.

2. La trampa de volverse viral y las reglas del poder
El andamiaje teórico del artículo se fundamenta en la teoría de campos de Bourdieu, interpretando la CCS como un espacio de disputa donde se negocian recursos y autoridad. Esta perspectiva desplaza la idea del medio como simple canal para entenderlo como una herramienta de lucha política y construcción de identidad colectiva. Uno de los puntos más incisivos es la crítica al mediacentismo (se emplea mediacentismo, sin «r», como calco del concepto original francés médiacentisme desarrollado por la sociología política de esta corriente), o la creencia de que la comunicación produce transformaciones sociales de forma automática sin mediaciones estructurales.
Para contrarrestar esta tendencia, Ferron y Guevara exigen una vigilancia epistemológica: un ejercicio de reflexividad donde el investigador analiza su propia posición para evitar que sus compromisos personales distorsionen el análisis técnico. Asimismo, introducen el concepto de autonomía limitada, señalando que los medios ciudadanos operan bajo dependencias institucionales, normativas y económicas reales. Frente a la publicación de catálogos de «buenas prácticas», los autores defienden el uso de métodos empíricos y comparativos que sitúen la gestión profesional y técnica como factores determinantes para lograr una incidencia social efectiva.

3. El idealismo frente a la necesidad de organizarse
El análisis de Ferron y Guevara establece un contraste crítico con la genealogía conceptual de Sáez Baeza y Barranquero (2021). Mientras estos últimos documentan la riqueza terminológica de la comunicación alternativa «desde abajo», Ferron y Guevara advierten que tal dispersión puede comprometer el rigor científico si el investigador adopta etiquetas militantes sin distancia analítica. Frente a la propuesta de Clemencia Rodríguez (2011) de centrarse en la agencia ciudadana y el empoderamiento, los autores franceses plantean una «llamada al orden» sociológica: recuerdan que cualquier medio, por democrático que sea su propósito, opera condicionado por recursos materiales y jerarquías profesionales.
Este diálogo se extiende a las definiciones del Tercer Sector (Barranquero et al., 2023). Ferron y Guevara problematizan la gestión no lucrativa al introducir la variable de la profesionalización, señalando que las lógicas técnicas necesarias para la supervivencia del medio generan tensiones inevitables con la base activista. En síntesis, el texto complementa la base ética e histórica aportando las herramientas de vigilancia epistemológica necesarias para analizar la realidad sin incurrir en una idealización normativa.

4. La resaca del optimismo digital
Publicado en 2017, tras el cierre de un ciclo global de movilizaciones (15M, Primavera Árabe), el artículo surge en un momento de revisión crítica ante el limitado cambio estructural logrado por el activismo digital. Adscrito a la sociología política de Bourdieu, el trabajo propone una sociología de segundo orden que analiza a los propios investigadores del campo. Bajo este prisma, se asume que el analista forma parte del tablero de juego y debe abandonar cualquier pretensión de neutralidad ingenua.
El texto busca resolver «patologías» como el mediacentismo, la confusión entre análisis y militancia, y la reificación del objeto (tratar a los medios alternativos como un bloque homogéneo). No obstante, el enfoque de Ferron y Guevara presenta omisiones significativas al centrarse exclusivamente en el capital simbólico. Suspende la evaluación ética y deja fuera dimensiones cruciales como el impacto de los algoritmos o la faceta afectiva y pedagógica del activismo, que autores como Barbas (2024) consideran esenciales. En definitiva, el texto pretende «desencantar» el análisis desde la madurez del campo, exigiendo una reflexividad que el exceso de idealismo había desplazado.

5. ¿Se puede cambiar el mundo desde la frialdad de los datos?
La tensión fundamental que planteo surge de la propuesta central de Ferron y Guevara: la exigencia de un distanciamiento científico frente al enfoque normativo y militante. Los autores sostienen que la Comunicación para el Cambio Social (CCS) debe abandonar su «deber ser» para adoptar una postura de sociología política reflexiva. Si bien considero que el planteamiento es metodológicamente sólido, genera interrogantes profundos sobre la viabilidad y la propia deseabilidad de tal separación. Esta incomodidad se manifiesta, en primer lugar, como un dilema epistémico sobre la ilusión de la neutralidad. Aunque los autores, siguiendo la estela de Bourdieu (1983/2012), reconocen que toda posición de investigación es «situada» —es decir, que el analista siempre habla desde un lugar concreto en la estructura social—, parecen confiar en que el marco sociológico otorga un nivel superior de objetivación. Mi duda es si no se está sustituyendo simplemente un marco normativo por otro. Me pregunto hasta qué punto es realista pretender un distanciamiento suficiente en un campo cuyo objeto es, por definición, la intervención política y la producción de sentido público. Existe un riesgo evidente de producir una «ilusión de neutralidad» que ignore que el propio análisis científico también construye y moldea la realidad que pretende describir.
A esta duda se suma una tensión de carácter jurídico e identitario que me preocupa especialmente: la posible despolitización del sujeto. Desde una perspectiva centrada en la identidad y en la protección de derechos, me cuestiono si es posible analizar un proyecto comunicativo sin tomar posición sobre las desigualdades estructurales que lo originan. Si la comunicación para el cambio social surge como respuesta a una asimetría de poder real, un análisis relacional centrado exclusivamente en el «campo» podría terminar diluyendo la dimensión de justicia que motiva el fenómeno. Reducir la construcción de identidades colectivas a una mera lucha estratégica por el capital simbólico o los recursos puede dejar en segundo plano la soberanía de los sujetos. En el ámbito del derecho, estos elementos son precisamente la base de la protección de las libertades fundamentales, y no pueden reducirse a simples variables de un tablero de poder.
Asimismo, percibo un dilema sociopolítico en la posible subestimación del poder simbólico. Ferron y Guevara aciertan al criticar el «mediacentismo», pero surge la pregunta inversa: ¿no existe también el riesgo de infravalorar la capacidad que tiene el poder mediático para configurar lo que es «pensable» en una sociedad? Al centrarse en posiciones y recursos materiales, el enfoque de los autores podría estar omitiendo la dimensión cultural profunda y la experiencia subjetiva, que son las que finalmente consolidan los cambios sociales a largo plazo.
Esta inquietud se agudiza al contrastar la postura del texto con la «responsabilidad epistémica» que menciona Barbas (2024). Al leer a Ferron y Guevara, uno se pregunta si el texto no estará más preocupado por fortalecer la autonomía y la estabilidad del campo académico que por la utilidad del conocimiento que produce para la sociedad. La reflexividad científica es necesaria, pero cabe preguntarse para quién y para qué se ejerce. En síntesis, la tensión radica en si es realmente posible —y políticamente deseable— separar el análisis del compromiso en un campo intrínsecamente político. Me preocupa que el afán por «desencantar» el objeto de estudio acabe por despojar a la comunicación de su potencia transformadora y al investigador de su responsabilidad ética frente a las desigualdades que analiza.

6. De la teoría a la calle: La Farola
El diálogo entre la propuesta de Ferron y Guevara y las prácticas comunicativas actuales es de una urgencia notable, pues obliga a aterrizar conceptos abstractos en la realidad material del Tercer Sector de la Comunicación. Bajo mi punto de vista, esta conexión comienza con una necesaria desmitificación de consignas clásicas como «dar voz a los sin voz» u «otra comunicación es posible», presentes en radios comunitarias y plataformas vinculadas a movimientos sociales. El texto no niega el valor de estas prácticas, pero «desromantiza» su funcionamiento al desvelar las mediaciones y relaciones de poder internas que siempre operan, incluso cuando se niegan. Nos obliga a preguntarnos quién selecciona realmente qué voces aparecen y qué criterios editoriales se imponen, a menudo de forma invisible, tras la apariencia de una horizontalidad absoluta.
Esta mirada crítica se vuelve especialmente relevante al analizar la profesionalización y el marco normativo actual. Ferron y Guevara sugieren que la adopción de rutinas profesionales puede alejar al medio de su base social, pero la práctica nos demuestra que hoy la profesionalización es una estrategia de supervivencia. En mi análisis diario de medios ciudadanos, observo que la autonomía proclamada choca frontalmente con la realidad jurídica: cualquier medio es hoy un sujeto obligado por el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), la Ley General de Comunicación Audiovisual y los estándares de ciberseguridad. En este entorno, la falta de una estructura técnica sólida representa una vulnerabilidad crítica. La autonomía real se negocia constantemente con instituciones y plataformas tecnológicas de terceros, evidenciando que no se puede ser independiente si se ignoran las reglas del campo en el que se opera.
Un ejemplo histórico que ilustra estas tensiones en Madrid es el periódico de calle La Farola, vendido por personas en situación de exclusión social. Inspirado en el modelo británico The Big Issue (https://www.bigissue.com/), este proyecto representó de forma paradigmática el dilema de la autonomía. Mientras buscaba construir una identidad ciudadana y laboral para sus vendedores, su viabilidad dependía de una estructura logística y económica extremadamente frágil. Su desaparición confirma la tesis de los autores: no es posible analizar un proyecto de cambio social obviando las dependencias del mercado y del espacio urbano. En la misma línea, el texto interpela al activismo digital contemporáneo al cuestionar el supuesto de que una mayor visibilidad equivale automáticamente a una mayor transformación. Muchas campañas virales, al simplificar sus marcos para competir en la denominada «economía de la atención», terminan diluyendo su potencial de cambio estructural.
Soy consciente de que este enfoque de Ferron y Guevara puede resultar «frío» para colectivos definidos desde la ética del compromiso, ya que introduce preguntas que pueden percibirse como desmovilizadoras. Si bien capta con precisión la lógica del campo, es decir, las posiciones y los recursos, el artículo entra menos en la dimensión subjetiva y en la formación del juicio de quienes participan. Es aquí donde el trabajo de Barbas (2024) sobre la responsabilidad epistémica complementa la lectura, aportando el factor humano y pedagógico que la estructura sociológica tiende a desplazar. En síntesis, la lectura nos obliga a ejercer una reflexividad interna profunda, recordándonos que la soberanía ciudadana en la comunicación es un ejercicio constante de navegación entre la ética del compromiso y las tensiones reales de los campos político, jurídico y tecnológico.

7. Desplazamiento personal de mirada
Como profesional especializado en Derecho Digital, Protección de Datos y Compliance, mi aproximación a la comunicación suele estar articulada en torno al análisis normativo, la responsabilidad organizativa y el equilibrio técnico entre libertades y garantías. Sin embargo, la lectura de Ferron y Guevara ha operado un desplazamiento significativo en mi mirada al invitarme a transitar desde el plano puramente legal hacia una comprensión estructural de la comunicación como un campo de poder. En mi actividad diaria, a menudo centrada en la intersección entre derechos fundamentales y gobernanza, el texto introduce con fuerza la idea de que la comunicación para el cambio social es un espacio social estructurado por luchas de legitimidad y «capital simbólico» —ese prestigio que otorga autoridad a un mensaje—. Esto matiza mi visión habitual al recordarme que, tras el activismo comunicativo, operan dinámicas de poder internas y estrategias de posicionamiento que la norma jurídica, por su propia naturaleza, no siempre alcanza a captar.
Este desplazamiento me obliga a ir un paso más allá de la garantía jurídica para adentrarme en el análisis del discurso. En el ámbito del cumplimiento normativo, el énfasis recae en los límites legales; sin embargo, Ferron y Guevara señalan que no basta con que la comunicación alternativa sea jurídicamente legítima, sino que es preciso analizar cómo disputa la hegemonía simbólica. El cambio social depende de la construcción de «marcos interpretativos», un concepto que refiere a cómo definimos y damos sentido a los problemas públicos. Esta idea conecta directamente con los desafíos actuales sobre desinformación y gestión de crisis reputacionales que trato habitualmente, donde la batalla se libra más en la percepción que en el articulado de una ley.
Asimismo, la lectura refuerza una mirada realista sobre el «mediacentismo». Desde el prisma del compliance, observo con frecuencia que muchas crisis de imagen o campañas de presión digital no logran alterar las decisiones regulatorias o las reformas institucionales profundas. El texto de Ferron y Guevara me ofrece un marco teórico robusto para respaldar esta intuición empírica: no todo impacto mediático equivale a un cambio estructural. Me recuerda que la narrativa pública es importante, pero las estructuras organizativas y relacionales tienen un peso determinante que a menudo se ignora en el entusiasmo del activismo digital.
Reconozco que este enfoque me genera cierta incomodidad al suspender la discusión ética directa para centrarse en relaciones de campo y estrategias. Como jurista, me resulta complejo omitir conceptos nucleares como la justicia, la protección de los vulnerables o la responsabilidad. No obstante, entiendo que ahí reside el verdadero aprendizaje: la comunicación para el cambio social requiere una «vigilancia crítica» interna. Este concepto, heredado de Bourdieu (2012), nos exige analizar el fenómeno como un objeto social complejo, alejándonos de una visión ingenua para entender que el compromiso ético, para ser eficaz, debe conocer a fondo las tensiones materiales del poder en las que está inmerso.

8. Referencias Bibliográficas
Sáez Baeza, C. y Barranquero, A. (2021). Genealogía conceptual de la comunicación alternativa en el debate internacional comparado. En A. Barranquero y C. Sáez-Baeza (Coords.), La comunicación desde abajo. Historia, sentidos y prácticas de la comunicación alternativa en España (pp. 35-69). Gedisa.
Barbas, Á. (2024). Comunicación y cambio social. [Material del curso].
Barranquero, A., Candón-Mena, J., y García-Caballero, S. (2023). El Tercer Sector de la Comunicación. Definición, características y potencialidades. En J. Candón-Mena (Ed.), El Tercer Sector de la Comunicación. Manual didáctico (pp. 15-40). Comunicación Social Ediciones y Publicaciones.
Bourdieu, P. (2012). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus. (Obra original publicada en 1979).
Ferron, B. y Guevara, G. (2017). Sociología política de la “Comunicación para el Cambio Social”: pistas para un cambio de enfoque. InMediaciones de la Comunicación, 12(1), 63-84. https://doi.org/10.18861/ic.2017.12.1.2666
Rodríguez, C. (2011). De medios alternativos a medios ciudadanos: trayectoria teórica de un término. Universidad de La Sabana.



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